miércoles, 29 de agosto de 2012

Devocional

Santos seréis,
porque santo soy yo el Señor vuestro Dios.

Levítico 19:2.
Prepárate para venir al encuentro de tu Dios.
Amós 4:12.



Martín Lutero 

        Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en una pequeña ciudad de Alemania, en el seno de una familia modesta. Su adolescencia estuvo marcada por dos acontecimientos: a los 19 años, mientras se desplazaba por una comarca donde los ataques de los bandidos eran frecuentes, se hirió gravemente con su espada. La hemorragia fue detenida a tiempo, pero él reconoció que había escapado de la muerte por un pelo y que todo lo que lo rodeaba era vanidad. En 1505 por segunda vez estuvo a un paso de la muerte debido a una fuerte tormenta. Entonces Lutero buscó la paz uniéndose a los monjes de San Agustín, período de diez años que le permitió leer la Biblia.
       Comprendió que Dios es el Creador del Universo, una persona viva con la que tendría que encontrarse algún día, y este pensamiento lo asustaba. Además tomó conciencia de la absoluta santidad de Dios. Ante semejante nivel de exigencia, Lutero se preguntó cómo Dios podría satisfacerse con algo que el hombre le diese. ¿Cuántas buenas obras tendría que hacer para poder esperar que un día Dios lo recibiera? Con dolor descubrió que era imposible atravesar la infinita distancia que separa al hombre pecador del Dios santo. Cuando Lutero se dio cuenta de que jamás podría satisfacer totalmente la justicia de Dios, la desesperación lo embargó de nuevo. Más tarde, relatando esta etapa de su vida, dijo: «En esa época era el hombre más desdichado de la tierra».

        Al pensar en un Dios santo y que quiere un pueblo santo, podemos desanimarnos al mirar nuestra realidad personal y creer que no somos dignos de pertenecer a este pueblo, pero debemos tener en consideración que nuestro modelo de vida es Jesús y estamos en un proceso de santificación que dura toda la vida, estamos en el taller de nuestro Señor, donde cada día moldea diferentes áreas en nuestras vidas, no somos perfectos pero estamos en proceso de perfección, en las manos del que sabe hacer las cosas perfectas, nuestro Dios. Dejémonos moldear por Dios.

        Luego pudo entender que esto no es por las obras que podamos realizar, sino que es por la gracia, misericordia, por regalo de Dios. No se podía comprar un pase al cielo, Cristo Jesús ya había pagado para todos quienes le recibieran en sus vidas. En gratitud a ese beneficio debemos amarle, honrarle y dejar que el sea el Señor de toda nuestra vida.

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. 1° Jn 4:19

El devocional diario, es editado por: "La Buena Semilla"

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